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Impacto de la IA en la investigación: actualizarse o quedar rezagado

La IA no reemplaza al investigador, pero el investigador que usa IA reemplazará al que no lo hace. Descubre cómo la Inteligencia Artificial está transformando la metodología de la investigación.

22 de diciembre de 2025

Los avances tecnológicos en las últimas décadas, han marcado un cambio sumamente importante en el escenario de la investigación científica, siendo la inteligencia artificial (IA), uno de los aspectos que ha traido consigo una transformación en la forma de generar conocimiento.

Históricamente, la metodología de la investigación ha transitado por cambios evolutivos dictados por los giros en la filosofía de la ciencia, pero lo que experimentamos hoy con la IA no es una simple evolución: es una disrupción ontológica.

¿Por qué es una disrupción ontológica? Porque la IA no solo es una herramienta que cambia la forma cómo investigamos, sino que afecta la naturaleza misma de qué consideramos conocimiento válido y quién lo genera.

La integración de la inteligencia artificial en el quehacer científico ha dejado de ser una opción futurista para convertirse en el estándar de eficiencia. En este escenario, el investigador se enfrenta a una disyuntiva crítica: adoptar estas tecnologías para potenciar su alcance o ignorarlas y arriesgar la relevancia de su trabajo.

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1. La transformación del “Estado del Arte”: De la búsqueda manual al descubrimiento inteligente

Tradicionalmente, la construcción del estado del arte (o revisión de la literatura) era considerada la fase más extenuante de la investigación. Implicaba semanas de rastreo en bases de datos, filtrando cientos de títulos y resúmenes para encontrar apenas una decena de artículos pertinentes. Hoy, la IA ha convertido este proceso lineal en un proceso de descubrimiento dinámico.

1.1. La transición hacia la búsqueda semántica

A diferencia de motores como Google Scholar, que dependen en gran medida de la coincidencia exacta de palabras clave, la IA utiliza el Procesamiento de Lenguaje Natural (NLP) para entender la intención detrás de una pregunta.

¿Cómo funciona la búsqueda semántica? Ya no se necesita adivinar qué términos usó un autor. Por ejemplo, puedes preguntar: ¿Cuál es el impacto de la inteligencia artificial en la generación de conocimiento? y la IA buscará conceptos, no solo palabras, recuperando estudios que usen sinónimos o términos relacionados que antes habrían quedado ocultos.

En la actualidad, herramientas como Consensus o Elicit, son motores que no solo listan artículos, sino que extraen directamente de ellos el hallazgo principal, la metodología y el tamaño de la muestra, permitiendo una comparativa inmediata.

1.2. El Mapeo de redes y la visualización de conocimiento

Uno de los mayores avances es la capacidad de visualizar la ciencia como una red interconectada; pues, en lugar de leer listas de resultados, ahora podemos ver “mapas” de conocimiento.

Por ejemplo, herramientas como ResearchRabbit, Connected Papers y Litmaps funcionan como un “Spotify para la ciencia”. Al añadir un artículo base o seed paper, la IA analiza las citas y referencias para sugerir otros trabajos esenciales que pertenecen a la misma línea de investigación.

En consecuencia, al introducir un artículo base en estas herramientas, generan un mapa visual de trabajos similares, ayudando a identificar de inmediato cuáles son los estudios más influyentes y cómo se relacionan entre sí, asegurando que no dejes fuera ningún autor clave por un simple error de búsqueda.

Por esta razón, es preciso comprender que la IA no solo se trata de evolución sino de disrupción metodológica, puesto que, en lugar de entregarnos una lista de referencias, estas plataformas construyen un gráfico de conocimiento o malla de interconexiones, donde los artículos se agrupan por su cercanía temática y relevancia real.

Mientras el buscador tradicional nos obliga a ser bibliotecarios, la IA nos permite actuar como estrategas, permitiéndonos ver, en un solo vistazo, quiénes lideran la conversación científica y cómo ha mutado una idea a lo largo del tiempo. Es pasar de “buscar” a “descubrir”.

Otra característica de estos mapas de redes es la eliminación del sesgo de fecha, ya que permiten encontrar artículos clásicos (fundacionales) y las investigaciones más recientes (vanguardia) de forma simultánea, asegurando que el estado del arte sea profundo y actual.

1.3. La validación de la evidencia (Smart Citations)

No todos los artículos citados tienen el mismo peso, por consiguiente, la IA ahora permite auditar la calidad de la bibliografía de forma automática.

En tal sentido, herramientas como scite_ permiten descubrir y evaluar artículos científicos mediante citas inteligentes, ofreciendo la posibilidad de ver si un artículo ha sido citado para ser apoyado o contrastado. Esto es revolucionario, porque evita que el investigador cite un estudio que ha sido refutado o que tiene resultados controvertidos, elevando la solidez científica del nuevo manuscrito.

Sin embargo, es importante advertir que la automatización no elimina la necesidad de lectura analítica, en el sentido de que la IA filtra el ruido para mostrar señales depuradas, pero es el juicio del investigador el que decide si esa señal es relevante para su hipótesis particular.

2. Análisis de datos: Más allá de la estadística tradicional

El análisis de datos ha dejado de ser una fase de procesamiento para convertirse en una fase de descubrimiento asistido; pues, mientras que la estadística tradicional se centra en probar hipótesis predefinidas, la IA permite que los datos hablen por sí mismos, revelando patrones que hubiese sido difícil detectar con los métodos tradicionales.

2.1. Revolución cualitativa

Procesos como analizar entrevistas, grupos focales o documentos extensos requería que el investigador leyera y etiquetara cada frase de forma manual. En cambio, gracias a la codificación automática con NLP, a través del Procesamiento de Lenguaje Natural, existen herramientas como ATLAS.ti o NVivo que pueden analizar cientos de páginas de texto en segundos.

En estos casos, la IA identifica temas recurrentes, sentimientos y relaciones conceptuales, proponiendo una estructura de códigos inicial que el investigador solo debe refinar. Por lo tanto, ya no solo sabemos qué se dice, sino cómo se dice. La IA detecta matices emocionales y sarcasmo, algo relevante en investigaciones de psicología, sociología, economía o marketing.

2.2. Salto cuantitativo: Machine Learning vs. Estadística Clásica

Es común que en la formación académica se nos introduzca a la investigación mediante modelos de regresión lineal (representados por la clásica fórmula $y = mx + b$); sin embargo, la realidad científica suele ser mucho más caótica, multivariada y no lineal.

Aunque la estadística tradicional posee herramientas para abordar la complejidad, a menudo depende de supuestos rígidos y de una simplificación de las variables para ser manejable.

Aquí es donde surge la disrupción: mientras que los métodos clásicos buscan ajustar la realidad a un modelo predecible, los algoritmos de IA y Deep Learning están diseñados para navegar de forma nativa en la alta dimensionalidad. Esto nos permite descubrir patrones ocultos en los datos que una “lupa” lineal simplemente no alcanzaría a ver.

Además, a diferencia de la estadística descriptiva, que explica lo que ya pasó, el Machine Learning permite crear modelos que predicen comportamientos futuros con una tasa de error reducida.

Por otro lado, el manejo de grandes volúmenes de información o “Big Data” mediante el uso de algoritmos de IA, contribuyen al procesamiento de variables masivas, como por ejemplo genómicas, climáticas o de redes sociales, donde las herramientas tradicionales como SPSS o Excel colapsarían.

Adicionalmente, el uso de técnicas como el clustering inteligente permiten agrupar sujetos o fenómenos por similitudes complejas que el ojo humano no percibiría a simple vista.

2.3. La triangulación automatizada

Uno de los mayores aportes de la IA es que potencia los métodos mixtos al facilitar la triangulación de datos, dado que la IA no solo permite combinar estrategias cualitativas y cuantitativas de forma simultánea, sino que ofrece la capacidad técnica de transformar grandes volúmenes de texto en datos analizables estadísticamente, proceso llamado cuantificación de datos o Quantitizing.

Esto permite una validación cruzada mucho más ágil, porque el investigador mantiene la profundidad del análisis cualitativo humano, pero cuenta con el respaldo de una precisión matemática que antes era inalcanzable.

Sin embargo, es importante tener cuidado con las correlaciones espurias, debido a que existe un riesgo latente en esta etapa que se origina cuando la IA encuentra un patrón que no necesariamente significa la presencia de una relación de causalidad.

En otras palabras, es un proceso que puede llevar a la asociación estadística entre dos variables que carece de una base causal real, lo cual suele ser el resultado de coincidencias aleatorias o de la influencia de una variable interviniente que actúa sobre ambas de manera invisible, es decir, actúa como una variable de confusión.

Dado que sugieren una relación de dependencia falsa, estas correlaciones son una de las principales fuentes de interpretaciones erróneas en la investigación científica. En estos casos, es donde el juicio experto del investigador es irreemplazable para dar sentido lógico a los números.

En la actualidad, el procesamiento de grandes volúmenes de datos exige mecanismos de análisis avanzados que optimicen la labor investigativa y minimicen los márgenes de error. En este contexto, podríamos decir que la estadística tradicional equivale a observar los datos con una lupa, mientras que la inteligencia artificial nos permite examinarlos bajo un microscopio electrónico.

Para quienes buscan llevar su análisis al siguiente nivel, el dominio de lenguajes como Python o R se ha vuelto casi indispensable. Además, gracias a herramientas como Pandas (para el manejo masivo de datos) o Scikit-learn (para implementar modelos de aprendizaje automático), los investigadores pueden hoy analizar en minutos lo que antes tomaba semanas o incluso meses, abriendo la puerta a hallazgos que antes eran invisibles para la estadística tradicional.

Al respecto, conviene precisar que, aunque R y Python son lenguajes de programación y no constituyen una IA en sí mismos, como lo sería ChatGPT, actúan como las plataformas donde los científicos desarrollan y entrenan dichos modelos. Gracias a ecosistemas como caret, tidymodels o tensorflow, R es capaz de ejecutar redes neuronales y Machine Learning de altísimo nivel.

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3. Redacción y gestión del manuscrito

La fase de escritura ya no se limita a un procesador de texto pasivo. Actualmente, la redacción científica se apoya en asistentes que aseguran que el flujo lógico, la gramática técnica, estilos de redacción y la integridad de las citas sean impecables; no obstante, es importante considerar que la IA generativa no debe usarse para suplantar el proceso creativo o fabricar hallazgos, sino para estructurar las ideas del investigador.

Existen diversas herramientas que ofrecen oportunidades para desarrollar textos de manera más fácil y enriquecedora a partir de la información fundamental suministrada por el usuario.

Por ejemplo, Jenni AI y SciSpace son herramientas que permiten generar borradores basados en la información que se proporciona. Estas ayudan a expandir argumentos, resumir párrafos densos o sugerir la siguiente oración basándose en el contexto académico, evitando el síndrome de la hoja en blanco.

Asimismo, a diferencia de los traductores simples, herramientas como Writefull ayudan a reformular oraciones para que suenen más profesionales, manteniendo el rigor terminológico necesario en las ciencias, a través de la correcta redacción de textos científicos y académicos en inglés, con tecnología basada en inteligencia artificial.

Por otro lado, Paperpal es una herramienta que ha sido entrenada con millones de manuscritos editados por profesionales, la cual no solo corrige errores gramaticales, sino que sugiere cambios en el tono y verifica el uso de un vocabulario científico estándar.

DeepL Write, por su parte, se distancia de la IA generativa tradicional al actuar como un asistente de refinamiento en tiempo real. Más allá de corregir errores, sugiere cambios en el tono y la formulación para elevar la calidad de la escritura, convirtiéndose en una herramienta de co-creación que optimiza la claridad del manuscrito asegurando que el estilo personal del autor no se pierda en el proceso.

En otro contexto, el error más común que lleva al rechazo de un artículo es una bibliografía mal estructurada o citas que no corresponden al texto. Para esto, Zotero y Mendeley son gestores bibliográficos que ahora integran complementos que leen el manuscrito y advierten si se ha olvidado citar una afirmación importante o si el formato de la referencia tiene errores según la norma seleccionada.

También se cuenta con plataformas para la detección preventiva de plagio como Turnitin, solo por mencionar una de tantas, la cual no solo funciona como un detector de copias, sino como una herramienta que ha tenido que reinventarse para enfrentar el desafío del contenido generado por máquinas.

Turnitin no solo busca coincidencias en Google, también extiende su búsqueda a repositorios institucionales, publicaciones científicas, entre otras. Recientemente, Turnitin lanzó AI Writing Detection, cuyo mecanismo no solo busca copias exactas o plagio, sino huellas digitales de los modelos de lenguaje como ChatGPT. Además, analiza la **perplejidad, es decir, qué tan predecible es el texto; así como la vistosidad, que se refiere a la variación en la estructura de las oraciones.

Junto a AI Writing Detection, destacan plataformas como GPTZero, Copyleaks, Winston AI y Originality AI, que ofrecen funciones de verificación similares. Algunas de ellas van un paso más allá de la identificación de textos, dado que su tecnología también permite detectar imágenes generadas por inteligencia artificial, ofreciendo una solución de integridad más completa.

Como punto final a esta sección, es importante destacar que los textos generados por IA pueden contener datos o citas falsos, comúnmente llamadas alucinaciones, lo cual puede arruinar una reputación académica. Por ello, se debe ser muy responsable con el uso de la IA en la redacción de contenido científico.

Es preciso advertir que tales herramientas no toman la decisión final, ya que se limitan a entregar un informe, pero es el docente o el editor quien debe interpretar si esa similitud es un plagio real o si son citas bibliográficas y términos técnicos necesarios.

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4. El factor ético: La brújula del investigador

La integración de la inteligencia artificial en la ciencia no solo plantea preguntas sobre eficiencia, sino sobre la naturaleza misma de la verdad científica. Si una máquina genera los datos o redacta las conclusiones, ¿quién es el autor? ¿Cómo garantizamos que el conocimiento producido sea fiable?

Primeramente, se debe mencionar que muchos algoritmos de IA, especialmente los de Deep Learning, funcionan de manera hermética o con una falta de trazabilidad lógica, en el sentido que el investigador introduce datos y recibe un resultado, pero el proceso lógico intermedio es inescrutable. Este proceso es llamado el problema de la caja negra o black box.

En atención a dicho problema, la rigurosidad de la ciencia amerita conocer los procesos que generan conocimiento; por tanto, no basta con saber qué sucede, hay que entender el porqué.

Por esta razón, se debe transitar hacia la Inteligencia Artificial Explicable (XAI), donde la metodología exija que los modelos no solo arrojen predicciones, sino que justifiquen qué variables fueron determinantes para llegar a esa conclusión.

En otro aspecto, es pertinente detenerse a mencionar los sesgos algorítmicos, lo cual se vincula con el hecho de que la IA aprende de datos históricos que, a menudo, contienen sesgos raciales, de género o geográficos, situaciones que pueden generar respuestas con una marcada distorsión o falsedad.

Así, por ejemplo, si se entrena una IA para analizar el éxito académico usando datos de los últimos 50 años, el algoritmo podría concluir erróneamente que ciertos grupos sociales son menos capaces, simplemente porque históricamente tuvieron menos acceso a la educación.

En el campo de la medicina, por ejemplo, la falta de diversidad en los sets de datos de entrenamiento puede provocar que una IA sea incapaz de reconocer síntomas en grupos étnicos específicos, transformando una herramienta de salud en un factor de exclusión biológica.

En consecuencia, se debe realizar una auditoría de datos antes de procesarlos, en el entendido de que la IA no es neutral, sino un reflejo de los datos que le suministramos.

En otro orden de ideas, los Modelos de Lenguaje Extensos (LLM) están diseñados para ser coherentes, no necesariamente para ser veraces, situación que afecta de manera indubitable la integridad académica. Un ejemplo de ello es que la IA puede inventar citas bibliográficas, autores o resultados estadísticos que suenan perfectamente creíbles.

En este particular, como una regla de oro, se debe practicar una exhaustiva verificación de los resultados suministrados por la IA. Cualquier dato, cita o referencia generado por IA debe ser contrastado con la fuente original. No olvidemos que la fe ciega en la tecnología puede ser un camino rápido hacia el desprestigio profesional.

Por último, ya para concluir este breve análisis, sobre un tema tan amplio, es oportuno tocar el tema de la autoría y la declaración de transparencia. En este sentido, las principales editoriales científicas ya tienen políticas claras: La IA no puede ser autor.

Solo los seres humanos pueden asumir la responsabilidad legal y ética de una investigación; por consiguiente, el investigador debe detallar en su metodología qué herramientas de IA utilizó y con qué propósito, por ejemplo: “se utilizó ChatGPT-4o para la corrección de estilo y Grammarly para el pulido gramatical”.

Para ilustrar este punto mediante una analogía, se puede decir que la IA es un copiloto extraordinario, pero nunca debe tomar el volante.

La brújula ética del investigador es lo único que garantiza que la ciencia siga siendo una búsqueda honesta de la verdad y no una fábrica de contenidos sintéticos sin alma.

Hacia el investigador híbrido

La integración de la IA en la metodología de la investigación no debe verse como un atajo, sino como un amplificador de las capacidades cognitivas del académico o investigador.

Mientras que en el pasado la revisión bibliográfica tomaba meses de búsqueda manual en repositorios, hoy los algoritmos de procesamiento de lenguaje natural (NLP) permiten mapear tendencias y vacíos de conocimiento en cuestión de horas. No obstante, el rigor científico sigue residiendo en la capacidad crítica del investigador para validar, analizar, interpretar y contextualizar esos hallazgos.

La Inteligencia Artificial no ha venido a sustituir al científico, sino a liberarlo de las tareas mecánicas para que pueda enfocarse en lo que realmente importa: interpretar y proponer soluciones a los problemas del mundo. De tal manera, quedar rezagado no es una opción para quien busca generar un impacto real en la sociedad del conocimiento.

Sin temor a equivocaciones, hemos llegado a un punto de no retorno. La pregunta ya no es si la Inteligencia Artificial debe usarse en la ciencia, sino cómo hacerlo con maestría y responsabilidad. La verdadera revolución no reside en el software, sino en la evolución del pensamiento del investigador.

Por todo lo afirmado, es razonable pensar que el futuro pertenece al investigador híbrido, aquel profesional que combina la intuición y el rigor crítico humano con la capacidad masiva de procesamiento de la IA. Sobre esto, ya algunos especialistas están discutiendo acerca de la inteligencia híbrida, consistente en la convergencia de la inteligencia humana y la inteligencia artificial.

Actualizarse no significa delegar nuestra curiosidad a un algoritmo, sino liberar nuestra mente de las tareas mecánicas para dedicarnos a lo que las máquinas aún no pueden hacer: conectar ideas, formular preguntas éticas, reflexionar, crear, imaginar y transformar datos en sabiduría.

Como reflexión final: La IA es el viento a favor, pero el investigador sigue siendo el capitán del barco.

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